Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

24 de febrero de 2012

Primavera ¿Qué primavera?

Quizás sea un peaje insoslayable la protesta de los ciudadanos contra la situación actual. Hay demasiada pobreza, hay inseguridad, hay paro, hay desesperación. Y se ha llegado a una situación temible: Aquella en la que el gentío deja de pensar y se presta a la manipulación. Los matices ya no son apetecibles. La izquierda radical ya no tiene necesidad de matizar puesto que tiene enfrente, en el gobierno, al ogro de la derecha, a quien culpar.
Parece que no se están cerrando empresas. Parece que no se están quedando en la calle profesionales burgueses. La clase media se está viendo seriamente afectada por esta maldita crisis, y muchos de sus integrantes son votantes del PP.
Espero equivocarme, pero creo que los disturbios no han hecho más que comenzar. Como siempre los más radicales y manipulables son los jóvenes y, entre ellos, los antisistema. Esta gente se apunta a un bombardeo. Tienen poco que perder; no es casual que aún no estén plenamente integrados en la sociedad. Se trata de gente sin proyectos, sin propiedades. Gente que compensa su desesperanza con este tipo de actividades y movimientos de solidaridad mal entendida. La gullivera de estos críos, en perpetuo movimiento va formando una argamasa de ideas mal prendidas. Sus conciencias, demasiado proclives a la actividad no tienen tiempo para molestarse siquiera en asimilar el alrededor. No les importan los porqués de las cosas, y se lanzan a la calle. No tienen nada que perder.
Y realmente es así. Cuando fruto del esfuerzo, o de la suerte, o de una mezcla de ambas cosas, se consigue sacar adelante una familia y tener propiedades y proyectos, comienzan los miedos que acechan  y surge el conservadurismo. Por eso la gente más establecida y burguesa se siente más a gusto dentro del orden.
Por su parte, las instituciones y, en concreto, las fuerzas de orden público, están para garantizar ese orden.  Orden que no ha de ser dictatorial. Es más: No debe sustentarse en totalitarismo, sino en el convencimiento de una mayoría de la sociedad, de que es imprescindible para el progreso y el enriquecimiento de todos.
La turba quiere culpables y, en su protesta, se deja manipular por aquellos a quienes interesa socavar las instituciones. ¿Estamos de verdad en una sociedad cívica que protesta con razón de algo? ¿Tienen alguna legitimidad quienes ahora se están echando a la calle? ¿Alguien ha pensado por qué son precisamente estudiantes los que participan mayoritariamente en este tipo de plantes?
Muchos, (la mayoría) solo quisieran encontrar un trabajo para poder ser – ellos también – cuidadosos de sus bienes y hogares y olvidar las patochadas solidarias y las fiestas okupas superpobladas de perroflautas. Lo que de verdad quiere la gente es trabajo. Para ello hace falta invertir mucho en empresas, en la credibilidad que nos falta, en investigación, en educación… muchos jóvenes lo saben, y por eso se esfuerzan. Pero a otros parecen tentarles las primaveras precocinadas por avispados periodistas o políticos de izquierdas.
 Total: no tienen nada que hacer, así que han decidido tocar las narices a la sociedad que les rechaza y no les da oportunidades. (porque así lo quieren ver, aunque no sea cierto).
La sociedad es un ente anónimo que no acepta ni rechaza. Es un lugar en el que ellos tienen que abrirse hueco para que una vez dentro, desde una posición de influencia intenten cambiar lo que no les plazca. Los propios jóvenes que hoy se manifiestan y protestan, formarán la sociedad del futuro. Y ese futuro va a ser muy negro si no se aprovechan al máximo las oportunidades, porque la realidad es que la situación actual es muy difícil. Los jóvenes de hoy han tenido muy mala suerte y hay que ayudarles. 
Y la mejor manera de hacerlo no es lanzarles a un camino sin salida de protestas y de frustración, en el que podemos acabar mal todos.

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