Lo que más me enerva y me desalienta de la situación actual
de mi país es la deuda pública. Cada día se despierta uno con una situación
peor. La maldita prima de riesgo, los mercados, los problemas de la eurozona,
las amenazas de Merkel, las calificaciones de agencias y las subastas de
emisiones de deuda… Nos estamos haciendo unos entendidos de los mercados y
ahora como nunca antes, vemos que gobiernos que creíamos solventes, se
encuentran en un inestable equilibrio, que requiere del sostén exterior.
¿Qué nos ha hecho caer en esta situación? El intuir el
origen de esto, sirve de poco. No es un remedio contra la rabia que uno siente
por saberse intervenido, por ver que los políticos le van a meter a uno la mano
en el bolsillo para poder pagar a otros el gasto desaforado y megalómano de una
época que creían de vacas gordas. Su profunda ignorancia y su imprudencia nos
salpica hoy a todos.
Éramos un país manirroto e imprudente. Muchos ciudadanos,
tentados por el crédito fácil y por el consumo, cayeron en la trampa y se
enfangaron en hipotecas que se hicieron imposibles cuando perdieron el trabajo.
Muchos – demasiados – políticos se inventaron cuantiosos capítulos de gasto en
dudosos servicios que la sociedad no demandaba. A ese derroche le llamaron
“inversiones” y porfiaron diciendo que se trataba de gastos y servicios que la
sociedad demandaría más adelante. Como si el progreso exigiera adelantarse a
los tiempos adivinando futuros flujos de población y necesidades inciertas, se
construyeron faraónicos aeropuertos y líneas férreas de alta velocidad. Esos
visionarios, que deberían estar en la cárcel, campan todavía a sus anchas en la
escena política y tienen la desfachatez de seguir postulándose y entrando en
candidaturas.
Hoy se habla de ajustes. Y a la poca gente solvente que va
quedando nos provocan escalofríos en el cuerpo con cada noticia. Tendremos que
seguir perdiendo poder adquisitivo. Nuestro medio de vida se verá mermado
injustamente.
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