Un funcionario del lugar en el que trabajo me ha enviado un correo electrónico en el que recoge unas consideraciones dignas de tenere en cuenta, que reproduzco a continuación por su indudable interés. Dice lo siguiente:
"A grosso modo, se puede definir la Función Pública como el lugar donde el poder político entra en contacto directo con la ciudadanía. Esto supone que, por una parte, el ciudadano quiera que esa función pública sea justa, independiente y eficaz en la aplicación de las normas. Pero, por otra parte el político no quiere ni objeciones ni controles legales a sus decisiones. Al fin y al cabo, se consideran la voz del pueblo por obra y gracia de la soberanía popular. En medio de esta pugna, intenta sobrevivir el funcionario.
La única manera que encuentra el funcionario para salir mininamente airoso de esa pugna, es tener una garantía de independencia, tanto del poder político como del ciudadano; una estabilidad laboral, para no estar al albur del político de turno y una igualdad en el acceso a esa función pública, para apuntalar esa independencia.
El político, cuando llega al poder, quiere aplicar a toda costa su particular visión de la sociedad y ve, en ese funcionario independiente, un obstáculo para sus fines. El político quiere funcionarios leales a su partido y no funcionarios leales a la ley. Recordemos, por ejemplo, los contundentes informes de los Inspectores del Banco de España sobre la actual crisis bancaria, pero considerados políticamente incorrectos.
Pero el político tiene otro problema añadido cuando llega al poder: no puede olvidarse de todos aquellos leales que le han ayudado a trepar hasta lo más alto, chocando frontalmente con los principios básicos que diseñaron nuestro acceso a la Administración: Igualdad, mérito y capacidad
Para salvar estos escollos, el político echa mano de una solución bien sencilla: Cargos de confianza sin control y multitud de cargos de libre designación, repartidos entre funcionarios afines. Cuando no, el entremetimiento sutil o descarado en los procesos de selección, que acaban engordando la Administración, hasta límites inasumibles. Hipertrofiándola.
Traduciéndose esta hipertrofia en una sangría económica inasumible y una Administración politizada e ineficaz
El resultado es una escala jerárquica, dentro de la Función Pública, de dudosa independencia, muchas veces sin los mínimos conocimientos exigibles para el cargo que ocupan y quizás, más preocupada en servir a quienes le han nombrado que en crear una Administración eficaz. Además, en no pocas ocasiones, esta misma jerarquía, ante su incapacidad para diseñar una gestión eficaz de los recursos que tiene a su disposición, acaba viendo al funcionario como un mal trabajador que impide el buen funcionamiento de la Administración.
Y es justo esta idea la que acaba calando en la sociedad, a través de campañas mediáticas perfectamente diseñadas. Obviándose el verdadero drama de la Función Pública: su politización y la consiguiente sustitución progresiva de la figura del funcionario independiente, por la figura del funcionario afín. De esta manera hemos pasado de ser víctimas del poder políticos a culpables de la crisis económica."
No hay comentarios:
Publicar un comentario