Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

28 de diciembre de 2012

Estamos quemados y hartos

Nunca había llegado a sentir irascibilidad con la política. Cierto es que he acabado cansado de todos los presidentes que han pasado por la Moncloa desde que se instauró la democracia. Aquellos años finales de Felipe González no se me olvidan: El Gal y la encarcelación de Vera y Barrionuevo, el Ibercorp, la dimisión de los ministros de sanidad y de interior, el Roldan etc… Vino después Aznar, con su prepotencia en incremento y su política a favor de las grandes empresas, con la amenaza de la privatización de todo lo público y trayendo bajo el brazo un nuevo concepto de hacer política: El Marketing sinverguenza que toma a los ciudadanos por imbéciles.

Y ahora tenemos a ZP. Va por su segunda legislatura y reúne lo peor de sus dos predecesores, sin tener ni una sola de sus virtudes. No es el estadista que fue Felipe González ni le llega a la suela de los zapatos en la administración de la prudencia a la hora de hacer política; esa prudencia tan necesaria para no provocar efectos adversos y males a la sociedad. Tampoco ha llegado nunca a tener ni un ápice de la visión necesaria para las relaciones internacionales aconsejables en nuestro entorno geo-ecónómico, tal y como tenía Aznar, mucho más respetado. Ni ha gestionado adecuadamente la economía, provocando un desasosiego en la ciudadanía que empieza a ser preocupante.

Tenemos a un descerebrado con una escopeta cargada en sus manos que consigue provocar una inédita crispación en un gran sector de la ciudadanía. Precisamente aquél que hablaba al llegar al poder de que iba a gobernar con talante, ha ido desmontando con gran tenacidad cualquier asomo de acuerdo, de conciliación, de consenso, de sensación de bienestar entre los españoles.

Hoy muchos estamos descontentos, quemados, hartos de todos los políticos, profundamente asqueados del uso del dinero público, repugnados por las consignas baratas y la baja estofa de los parlamentarios, preocupados por la fractura de una sociedad que por fortuna empezaba a ser burguesa.

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