Ante la realidad de la
crisis, y una vez que han tenido las mayorías suficientes, los populares se han volcado en una búsqueda desesperada de ingresos y han hecho gala
de una voracidad recaudatoria que nos trae por la calle de la amargura. Los políticos y dirigentes de los poderes públicos, de todas las capas de administraciones distintas que hay en España rivalizan entre sí para meter la manoi en el bolsillo del sufrido ciudadano.
Todo va de mal en peor. Pero ahora las soluciones que se les
ocurren a algunos políticos mendaces y ladrones son para llevarlos a un juzgado
directamente.
Me refiero, en esta ocasión, a las medidas que han tomado
contra las oficinas de farmacia. Desde siempre estamos acostumbrados a que el Estado
y las autonomías hayan ido regateando una prestación farmacéutica que se ha ido
recortando en su contenido y alcance. Siempre había correspondido una fracción
del tipo de cotización (porcentaje que se aplica sobre la base para hallar la
cuota) a esta prestación, lo que significa que los trabajadores la pagaban.
Todos los trabajadores mes a mes, se pongan o no enfermos cotizan por
asistencia sanitaria. Aquellos que originariamente tenían derecho a obtener la
cobertura por otra vía (concierto de asistencia sanitaria con alguna entidad
privada) tenían derecho a cotizar proporcionalmente menos. Pese a esta
cotización y al derecho contributivo sobre la prestación que se causara, el
gobierno ha aprobado todos los años sucesivos decretos para eliminar
medicamentos de la cobertura. Presidida su actuación por criterios
exclusivamente economicistas han pretextado que los medicamentos que excluían
ya no prestaban servicio eficaz o no eran necesarios para los pacientes.
Sacaron muchas largas listas de medicamentos excluidos, establecieron los
genéricos etc. Mientras, el consumo en medicamentos ha seguido en incremento
por muchos motivos; pero principalmente porque estamos en una sociedad cada vez
más longeva, con más achaques y nos desenvolvemos en un mundo en el que cada
vez hay más inventos y principios activos. Lo lógico es que cada vez haya más
consumo: antidepresivos, anticatarrales, pomadas, antiinflamatorios, etc. Y
resulta obvio que si se pretende no ya una estabilización, sino un descenso en
el gasto la cobertura forzosamente va a empeorar (más exclusiones y, como
veremos, aparición del copago y otras medidas).
Los políticos son plenamente conscientes de que están
empeorando la cobertura y, a la vez que lo hacen, pretenden hacernos creer que
ésta sigue incólume.
Después de negar Rajoy y todo el PP en reiteradas ocasiones
que no aprobarían el copago, lo aprobaron pasando a engrosar la ya abultada
lista de incumplimientos de programa. Como digo, ya habían aprobado los
socialistas decretos con largas listas de exclusiones y tenían previsto establecer
la receta electrónica para racionalizar el uso de los medicamentos. Pero les
faltó tiempo a los populares para anunciar unas nuevas y funestas medidas a
través de la balbuceante Ana Mato. Sacaron a través de un apresurado Real Decreto
– Ley, que entró en vigor en julio un sistema demencial de aportación de los
pacientes al precio de os medicamentos, en el que se distingue si éstos son
pensionistas y por niveles de renta. Para la clasificación de los beneficiarios
el sistema de salud de la respectiva comunidad autónoma – (aunque parezca
mentira, seguimos teniendo 17 sistemas diferentes) - tenía que obtener los datos del Instituto
Nacional de la Seguridad Social y de la Agencia de la Administración Estatal Tributaria.
Según el tipo de sujeto incluido (TSI) el sistema establecía aportaciones
distintas y unas limitaciones por mes. Cuando se alcanza el límite por periodo,
la farmacia debe cobrar al paciente otra vez el precio normal sin descontarle
la aportación, lo que constituye un lío tremendo obligando a la gente a esperar
colas para ser atendido, mientras se calcula y cumplimenta el ticket a la carta
de cada cliente. En el caso de la comunidad de Madrid, el paciente trae de su
ambulatorio una hoja de racionamiento en la que se van consignando los
medicamentos consumidos cada mes para controlar la limitación en la aplicación
del copago de aportación. El paciente está indignado, no solo porque le obligan
a pagar parte de lo que antes era gratis total, sino también porque ahora ha de
sufrir esperas y trámites latosos para obtener los medicamentos. El
farmacéutico cuya única culpa es vivir de un negocio intervenido, ahora ha de
soportar las quejas de los pacientes, aguantarse por el descenso en el consumo
y por si fuera poco, ha de asumir tareas administrativas hasta hace poco
impensables, en unos procedimientos que no están lo suficientemente madurados y
que parecen más propios de países tercermundistas.
Pero lo más increíble de todo es que para pillar cacho en
este sector (porque recordémoslo, todas las administraciones están caninas),
están ahora rivalizando la administración
estatal con la autonómica. En el caso de Madrid, se acaba de aprobar, con
efectos de 01/01/2013 la aplicación de una nueva tasa de 1 euro por receta. Lo
inaudito es que el PP nacional no está de acuerdo - o eso dice, simulando ante
la ciudadanía – y anuncia la interposición de un recurso de
inconstitucionalidad contra la medida. Claro que, igual que hizo el PSOE con la
famosa sentencia del Estatut, también pueden controlar al Tribunal para que
dicte sentencia aparentemente contraria a lo que oficialmente sostienen. Rajoy
ha dicho públicamente que el euro por receta es una invasión competencial de
las comunidades autónomas, dadas las competencias exclusivas del Estado central
en la legislación sobre medicamentos. Pero lo increíble es que en Madrid quien
ha sacado adelante la medida es de su propio partido político. ¿Por qué Ignacio
González no obedece a Rajoy? Puede ser que sepa algo que los demás desconocemos
y que le conste que Rajoy habla con la boca pequeña. En todo caso se le ha
visto muy tranquilo para sacar adelante la medida, que es nefasta en todos los
sentidos.
En primer lugar es una gran mentira: La comunidad de Madrid
ha insistido que no se busca la recaudación de ingresos, cuando es obvio que la
única causa es la voracidad recaudatoria para sanear las arcas de la Comunidad.
Nunca ha preocupado a los gobernantes de Madrid la racionalidad en el uso de
los medicamentos ni si los pacientes tenían botiquines o no de medicamentos
acumulados en sus domicilios. Ahora parecen mostrar una gran preocupación,
coincidente con la crisis y la bajada de sus ingresos.
En segundo lugar, también es mentira porque para sortear la
reserva competencial del Estado central sobre la fijación de precios en los medicamentos,
se alega que el cobro del euro por receta es en concepto de tasa por los
servicios administrativos prestados por la comunidad: Esto es ya rizar el rizo
de la desfachatez y la sinvergonzonería ¿De qué servicio hablan? ¿Del que le
está tocando prestar a los farmacéuticos, como si fueran funcionarios de la
Administración? ¿Quién está informando, quién está haciendo los equilibrismos
con los precios, quién está atendiendo al público?
La gente no sabe que la propia comunidad de Madrid ha
distribuido un modelo en el que permite la insumisión (aunque se reserva la
facultad de reclamar al insumiso el euro por receta). El problema es que la
tramitación de ese modelo supone rellenarlo en el acto por triplicado en la
farmacia y luego debe acompañarse “con un clip” a la receta que se envía a
sanidad, para su cobro. Este procedimiento, que viene a sumarse a las ya
aludidas dificultades de aplicación del copago ha hecho de la atención al
paciente en las farmacias una auténtica pesadilla. ¡Son todos unos
sinvergüenzas!
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