Datos personales

Soy un funcionario madrileño, y trabajo en la Seguridad Social. Nacido en una buena añada; la del 60. A la vez que empezaba a formarme como persona pude ver los últimos coletazos del régimen anterior, sin comprender todavía demasiado lo valiosa y rara que es una democracia avanzada en este mundo de guerras y sátrapas. Hoy me limito a ejercer un derecho de opinión porque me gusta la política (aunque no me gustaría protagonizarla).

7 de septiembre de 2015

Hace daño mirar

Da igual que nos preguntemos qué hemos hecho para evitarlo, o si se puede evitar de alguna manera: La realidad es que el mundo en guerra o subdesarrollado nos quiere pasar factura. Hoy podemos darnos cuenta de que la globalización no es sólo de riquezas, negocios o capitales. Es sobre todo una extensión de las culpas sobre todo el orbe. Ya no podemos vivir tranquilos en nuestro país sin ver la desgracia ajena, porque ésta nos golpea sin piedad y aparece en nuestras puertas  a través de refugiados o inmigrantes desharrapados. Tenemos que sentirnos concernidos y a la vez tristes por una odiosa realidad de la que no somos culpables.
Yerran quienes hoy dicen que somos culpables de las desgracias del tercer mundo. Lo fueron en su caso quienes llevaron a cabo una colonización ignominiosa de esos países o quienes planificaron y ejecutaron mal la descolonización. El hecho es que hoy estamos rodeados de Estados antidemocráticos y fundamentalistas que amenazan con anular nuestras propias civilizaciones a medio y largo plazo. Sus dirigentes sátrapas y los clérigos que predican la intolerancia y el fanatismo son los verdaderos culpables. Casi todos los refugiados  que ahora proceden de Siria, vienen huyendo de la guerra y no es casual que arrecie el movimiento migratorio en busca de asilo, precisamente cuando los fanáticos islamistas estrechan el cerco sobre Damasco. ¿Por qué no luchamos de verdad contra estas sociedades inviables e injustas que cortan cabezas en pleno siglo XXI y hacen huir a la gente? De eso sí que somos culpables: De omitir y no saber nada de la ayuda que la gente pacífica necesita recibir en su propio país. Ayuda bélica contra la barbarie. Ayuda a las comunidades cristianas. Ayuda a los musulmanes pacíficos. Guerra a la intolerancia.
Viendo a este niño, mecido por las olas de la orilla y, después de una primera reacción de profunda pena, el cuerpo me pide sangre contra el salvajismo.
El salvajismo de sociedades crueles y envilecidas, que desprecian las vidas humanas que se obstinan en extender la violencia más estúpida imaginable, la violencia del fanatismo religioso.
La sensibilidad es un logro de la paz y la seguridad. Europa tuvo sus guerras. La peor de todas no hace tanto tiempo, cuando los totalitarismos entraron en escena y nadie se resistió hasta que fue demasiado tarde. Después de unos años de paz y de democracia nos hemos civilizado hasta ese punto en el que nos enorgullecemos de recibir a los refugiados políticos y escandalizarnos con imágenes como la de Aylan, el niño de la playa. Pero con ello también nos hemos debilitado. Nos falta la costra de insensibilidad que tienen muchos de los propios refugiados que cruzan nuestras fronteras y, si nos descuidamos, permitiremos que nuestra cultura se disuelva entre las Suras del Corán. Del nuevo orden que nos llega. Pero eso es otra historia. Es verdad que ahora toca ayudar a los refugiados.

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