Cuanta gente hoy en España le quiere comprar a Sánchez el mensaje de que los indultos son para intentar mediar entre dos grupos de españoles irreconciliables: Una especie de búsqueda de la paz. Diríase que ahora tenemos que pedir el nóbel para Sánchez, como se habló en su día de que Zapatero podría postularse por haber conseguido “acabar con la ETA”.
Sería interesante conocer cuántos integran este grupo de catetos obnubilados que quieren creer en esta mentira. ¿Qué es lo que les abduce? ¿El encanto de un sinvergüenza cínico y descarado? ¿El odio a la derecha? ¿La pura reacción frente a los rivales políticos? ¿Una cándida ingenuidad rayana en la estupidez?
Sea lo que sea, quieren estar abducidos y, de forma disciplinada, se ciñen a una loca ortodoxia de grupo, que lleva a repetir que los indultos son la única vía posible de resolver “el problema catalán”.
Pero es todo mentira.
Rezo para que estos propagandistas manipuladores del entorno de la Moncloa, reciban en el futuro el tratamiento que se merecen. La historia ha cambiado definitivamente en su metodología y el mundo digital permite que todos seamos registradores de la actualidad. Para consultar la hemeroteca ya no es preciso, como sucedía antes, el irse a bucear entre documentos microfilmados a una biblioteca o archivo. Ahora hay potentes buscadores que te proporcionan archivos sonoros o de imagen que muchos se han preocupado de grabar para que no se manipule la historia, y en ellos aparecerán prístinas y acusadoras las declaraciones de los políticos falaces que incumplen lo que dicen que harán y traicionan a los ciudadanos, incluidos sus propios electores.
Sánchez dijo muchas veces que no pactaría con PODEMOS, y pactó en un gobierno “Frankenstein” que seguimos padeciendo. Dijo que no se asociaría con BILDU y ahí están como compañeros de coalición. Dijo que los condenados por el golpe del 1º O cumplirían sus penas íntegramente y los está indultando, en contra de la opinión de la mayoría de los españoles, incluido el propio Tribunal Supremo.
Hoy tenemos a un mentiroso compulsivo chantajeado por sus socios políticos que solo intenta justificarse de forma cínica y torpe e indicando que hay que buscar la concordia y apartar el rencor, porque parece ser que un rencoroso Tribunal Supremo ha condenado a unos -¿presos políticos?- Llevado por una bajas pasiones de odio y rencor.
Naturalmente el deseo de concordia le ha aflorado al señor Sánchez en un momento oportuno. Es algo que acaba de descubrir en su noble naturaleza y que no tenía cuando solo era el candidato a gobernar y decía pomposamente que no pactaría nunca con los catalanes para su independencia. Es innegable la ligazón con la oportunidad política y los tiempos de Sánchez: después de la elecciones en la Comunidad de Madrid y dos años antes de las generales. En el caso de Madrid, el esperar le ha servido de bien poco porque el repaso recibido ha sido monumental. Y en las elecciones generales lo más seguro – ojalá que así sea – es que la gente no haya olvidado esta traición.
Pero, volviendo a la justificación ¿Quién puede creer las estupideces de Sánchez? Se trata de un verdadero insulto a la inteligencia sostener que este indulto tiene un solo resquicio de motivación noble. Cualquiera que no esté abducido sabe que solo hay un motivo: Comprar más tiempo de sillón en La Moncloa a sus indignos socios de ERC, BILDU y demás separatistas.
El poder les ha corrompido absolutamente. Necesitan mantenerse en él para disfrutar de su estatus. Unos sueldos y una calidad de vida que, de otro modo, no tendrían. No solamente los miembros del gobierno central. También la legión de asesores, concejales, diputados autonómicos, funcionarios, contratistas, colocados a dedo y los familiares de todos ellos. Son intereses demasiado poderosos como para pensar que aflorará el menor atisbo de dignidad y rectitud. Nadie tendrá el orgullo y la decencia de dimitir. Ni Pages, ni Lambanes ni demás barones se atreverán estando como están, ellos también, atados al disfrute del poder.
Me gustaría, de verdad, que estuviéramos en un mundo luterano con conciencia y temor de Dios que nos llevara a poseer valores superiores capaces de hacernos rectificar, pero no es así. Toda esta gentuza colocada acalla cualquier problema de conciencia con excusas baratas como la aprobación de tal o cual medida en favor del pueblo llano. Medidas que, por otro lado, suelen ser propagandísticas e ineficaces para ayudar de verdad a la economía.
Pero, si en un primer plano figura el análisis obligado de la intencionalidad y oportunidad de la medida, que nos lleva inexorablemente a la conclusión de que ha sido una burda maniobra de conveniencia partidista, en un segundo plano deberíamos detenernos en ponderar si serán o no efectivos los indultos.
Supongamos por un momento que hubiera buena intención de buscar la paz y sacar al país de un atolladero. ¿Qué sentido puede tener el indultar a alguien que lanzado al resto de la nación un desafío tan grande como el 1º O? El sentido solo puede ser ofrecerle la oportunidad de reintegrarse al sistema después de una equivocación. Es decir, debe haber voluntad de integración y reconocimiento del error. El problema es que los indultados no reconocen haberse equivocado (lo harían otra vez, han dicho) y tampoco quieren integrarse en España. ¿Por qué, entonces ha de perdonárseles? No solamente no valoran el gesto, sino que lo desprecian como un signo de debilidad y llegan a interiorizar que tienen al gobierno del Estado en sus manos. Y así es: Tienen a Sánchez cogido por las pelotas.
Esta generación está perdida para la reconciliación y eso hay que asumirlo. Nadie debe engañarse. Las grandísimas equivocaciones de la transición nos han conducido a esto. Se buscó la concordia y la integración y se cedieron competencias esenciales para mantener los principios sustentadores de la unidad de la nación española y de su identidad. Se cedieron además a políticos que han ido asilvestrándose con el paso de los tiempos, cada vez más corrompidos por el poder autonómico que han basado sus políticas en cimentar una identidad propia sobre la diferencia y el alejamiento con el resto de España, con una insaciable postura de reclamación continua al Estado de dinero y de competencias.
Ahora cuando han pasado cuatro años desde el desafío, estando los líderes condenados y siendo Puigdemont y los suyos un grupo de payasos casi olvidados en el extranjero, cuando no han sido capaces de mantener por más tiempo la financiación y la tensión de la gente en las calles (aunque el odio subsista), llega el señor Sánchez a proporcionarles un balón de oxígeno para que la población constate que aquel golpe de Estado sirvió de algo y quienes lo organizaron eran unos honrados políticos represaliados. ¡Qué grandísimo error!
No aprendemos de la historia. Especialmente el partido socialista ha sido desastroso para España desde sus mismos inicios porque su propia subsistencia siempre ha estado ligada a intereses contrapuestos con los de la nación en la que ha gobernado. No hay más que ver el trastorno de personalidad disociativo que mantiene el PSOE central con el PSC y la postura que tuvieron los alcaldes del PSC en relación con el “procés”. También en el País Vasco han estado desde siempre del lado de quienes quieran separarse de España. Son procesos que se repiten históricamente solo para garantizar la supervivencia del PSOE y que no benefician en nada a la nación española. Companys fue un traidor al que se le perdonaron dos golpes contra la soberanía de la nación española, en el 34 y en el 36, solamente porque había de formar parte del frentepopulismo que convenía a la izquierda española. A Otegui se le reintegra blanqueando sus delitos y asociándose con su partido separatista, nuevamente en beneficio del PSOE. Al jefe de los terroristas de ETA, Josu Ternera, se le nombra presidente de la comisión de derechos humanos del Parlamento Vasco durante un breve periodo hasta que vuelve a pasar a la ilegalidad. Así ha sido siempre desde que España perdió las colonias y el progresismo autodestructivo empezó a ver con buenos ojos la desvertebración de nuestro país.
Hoy día, no hay territorios en la UE que tengan más autogobierno que las comunidades autónomas de Cataluña y País Vasco. El proceso de transferencia de competencias está madurado hasta llegar al máximo posible y no se ha conseguido la vertebración sino todo lo contrario. Se han pisoteado cada vez que ha convenido al – chantajeado – gobierno central principios constitucionales esenciales como la solidaridad financiera y la igualdad entre las comunidades autónomas y aquí no pasa nada. El PP también lo hizo en el pasado: Ahí están los pactos del Hotel Majestic, pero no ha tenido el alcance ni la continuidad ni - ¿por qué no decirlo? – la desfachatez del partido socialista en la búsqueda de excusas para justificar ante la opinión pública la indignidad.
Hay un precedente que merece la pena analizar en relación con Cataluña y que está detrás del encabronamiento colectivo de aquella sociedad que condujo a unas diadas cada vez más agresivas y a propio golpe del 1º O: El proceso del “Estatut”.
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La propaganda socialista lo ha salvado, separándose hábilmente de su papel de agentes causantes y atribuyendo toda la culpa a Rajoy por interponer el recurso de inconstitucionalidad contra el proyecto originario de Estatuto y al propio Tribunal Constitucional por dictar la sentencia que lo modificaba. La realidad es que la interposición del recurso era absolutamente necesaria para evitar la descomposición del Estado y salvaguardar la unidad de España y, por el contrario, la actitud del PSOE era – como siempre – irresponsable y contraria a los intereses del Estado y solo buscaba su propia conveniencia. Hay que recordar que Zapatero proclamó a los cuatro vientos que respetaría lo que decidiera el Parlamento Catalán.
Aquel proceso generó una frustración en el pueblo catalán que podía haberse evitado. Si el recurso de inconstitucionalidad era de 2006, la sentencia no recayó hasta 2010, siendo la presidenta del Tribunal Constitucional afín al PSOE y teniendo este partido mayoría de magistrados a su favor desde que en 2008 falleciera un magistrado afín al PP. La gente se preguntaba por qué no salía la sentencia. Incluso en un desfile de las fuerzas armadas se vio a la presidenta discutir con la vicepresidenta del gobierno Teresa Fernández de la Vega. Y la sentencia se retuvo, hasta un mes después de la dimisión de Zapatero en 2010 por razones obvias: Evitar el desgaste que le podría suponer el pronunciamiento desfavorable al proyecto originario que rectificaba los puntos más conflictivos del Estatuto, como por ejemplo la independencia de un poder judicial catalán, con su propia planta y altos tribunales que habrían de poner fin a los procesos judiciales dentro de su territorio. En definitiva se corregía la bilateralidad y la posición de igualdad entre dos Estados, que era el espíritu subyacente en el Estatuto.
Todo esto produjo una frustración innecesaria que alimentó más independentistas. Entre 2007 y 2017 las diadas fueron incrementando la agresividad y la movilización de la gente, uniéndose las demandas identitarias con una creciente insolidaridad que llevaba a los separatistas catalanes a querer separarse de una España aquejada por la crisis y los problemas. Hasta que llegó el golpe mal calculado y, por fin, el Estado dijo basta. Y los tres puntales del Estado fueron: Rajoy con su artículo 155, el rey con su discurso y el Tribunal Supremo, con su sentencia. El PSOE, desaparecido, apoyando de forma tibia y con desgana el artículo 155 y condicionando de forma visible y ostentosa su aplicación para que sus socios catalanes y vascos pudieran constatar su posición forzada y su desgana en ese papel constitucionalista.
Se rectificaban también otros aspectos que pretendían gestionar los catalanes como los puertos, la agencia tributaria propia, la Seguridad Social etc. que hoy vuelven a estar como moneda de cambio de nuevo ya que se está barajando la posibilidad de ceder estas competencias estatales a los separatistas que, no contentos con el indulto, siguen amenazando con dinamitar nuestro Estado.
Pero toda la izquierda de abducidos, todos los borregos adocenados por los mensajes populistas, reniegan del constitucionalismo y se echan en brazos de un buenismo tan facilón como tramposo. Todos sabemos que es mejor el diálogo que las tortas, pero si no hay nada que dialogar porque el punto de partida es imposible y porque (ellos, los separatistas) han roto las reglas del juego, entonces ¿qué? Solo cabe la firmeza, porque un gobierno no puede entregar el Estado a sus adversarios, pasando por encima de la Constitución. No le está permitido hacerlo, salvo que estemos hablando de una dictadura.
Muchos empezamos a pensar que estamos en una dictadura encubierta de Sánchez, en la que los poderes ya no están divididos, la soberanía ya no reside en la mayoría real del pueblo (que, si se le hiciera una encuesta opinaría abrumadoramente en contra de estos indultos), no se respetan las decisiones del poder judicial, y ya no se aprueban casi leyes por la vía ordinaria sino que todas las medidas controvertidas pasan el trámite del Real Decreto – Ley por razones de urgencia.
Y después de hacer un poco de historia, desembocamos en la situación actual. Se ha humillado a los españoles, en contra de lo que dictaminaba el más alto tribunal de España y de la opinión de la inmensa mayoría y ¿Qué se ha conseguido? Que exijan más y más, envalentonados como están. Ahí tenemos a Otegui aprovechando la ocasión para afirmar con la mayor indecencia que "Es tiempo de que todos los presos salgan a la calle". Ahora ya da igual que hayan matado, que sean pistoleros que han descerrajado un tiro en la nuca a un inocente o que han lanzado un coche bomba por una rampa hasta donde jugaban unos niños de la casa cuartel de Vic de la Guardia Civil. Todos perdonados por el mayor de los sinvergüenzas políticos que ha conocido la historia de este desgraciado país. Espero que esto quede grabado a sangre y fuego en la memoria colectiva.
Por su parte, el presidente de la comunidad catalana (al que habría que recordarle a diario que no es más que eso, que ya es bastante) demuestra con sus declaraciones a propósito de la salida de los presos que todavía no comprende el por qué de la condena puesto que ha reafirmado la apuesta por “seguir trabajando por una solución global que ha de ser la amnistía que ha de permitir el retorno de las exiliadas y exiliados y que nadie más vuelva a entrar en una cárcel a causa de su compromiso político, que nunca más haya un preso político en Catalunya; transformarlo en energía por una solución democrática, que la gente vote el futuro de Catalunya en un referéndum, donde defenderemos la independencia y la república catalana”. Habría que contestarle sencillamente que un separatista catalán puede pensar lo que quiera en España y por ello no es detenido, que los que llama exiliados son evadidos de una justicia democrática y constitucional igual a la que existe en otros países europeos y que, en fin, nunca más volverán a la cárcel si no vuelven a cometer sedición o malversación.
Hace ya mucho que el PSOE no cesa en provocar disgustos a los ciudadanos. Tiene menos escaños que nunca, pero consiguió un inestable equilibrio gracias a los enemigos del Estado, a los felones que se aprovechan de la generosidad que hubo en la transición de unos políticos ingenuos que confiaron en integrarlos en un sistema que se esperaba fuera de concordia. Ha durado hasta que han llegado al límite del chantaje. Cuando ya no han quedado competencias que transferir y la propia sostenibilidad de los políticos chantajistas se ha visto amenazada han vuelto la mirada hacia la independencia, obligando de la forma más irresponsable que se pueda imaginar, a que España se fracture y se odie como hacía mucho tiempo que no se había visto. Porque solo puede ser odio lo que hoy sienta un español de bien que quiera a su país y vea cómo es objeto de amenazas y de chantajes mientras el ejecutivo que debería defenderlo se alía con el enemigo.
Eso solo tiene un nombre. Se llama alta traición.


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